La tierra, tierra, montando su tiovivo hacia la extincin, la derecha a las races, espesando los ocanos tiene gusto de la salsa, festering en sus cuevas, usted se est convirtiendo en una letrina. Sus rboles son sillas torcidas. Sus flores gimen en sus espejos, y el grito para un sol que no use una mscara.
Sus nubes usan blanco, intentando sentir bien a monjas y decir novenas al cielo. El cielo es amarillo con su ictericia, y sus venas se derraman en los ros en donde los pescados se arrodillan abajo para tragar ojos del pelo y de la cabra.
Todos en todos, dira, que el mundo est estrangulando. E I, en mi cama cada noche, escucha mis veinte zapatos conversa sobre ella. Y la luna, debajo de su capilla oscura, cadas del cielo cada noche, con su boca roja hambrienta a aspirar en mis cicatrices. |