Mi perro ha muerto. Lo enterr en el jardn al lado de una vieja mquina aherrumbrada.
Un cierto da lo ensamblar derecho all, pero ahora lo van con su capa shaggy, sus malas maneras y su nariz fra, e I, el materialist, que nunca crey en cualquier cielo prometido en el cielo para el humano, creo en un cielo que nunca entrar. S, creo en un cielo para todo el dogdom donde mi perro espera mi llegada que agita su cola en forma de abanico en amistad.
Ai, no hablar de tristeza aqu en la tierra, de perder a un compaero que nunca era servile. Su amistad para m, como el de un puerco espn que retena su autoridad, era la amistad de una estrella, a distancia, sin ms intimidad que fue llamado para, sin exageraciones: l nunca subi todos sobre mis ropas que me llenaban por completo de su pelo o su mange, l nunca frot para arriba contra mi rodilla como otros perros obsesionados con el sexo.
No, mi perro miraba en m, prestndome la atencin que necesito, la atencin requerida para hacer a una persona intil como entiende que, siendo un perro, l perda tiempo, pero, con esos ojos tanto ms puros que los mos, l guardara en mirar en m con una mirada que reserv para m solo toda su vida dulce y shaggy, siempre cerca de m, nunca preocupndome, y no pedir nada.
El Ai, cuntas veces me tienen envidi su cola como caminamos juntos en las orillas del mar en el invierno solo de Isla Negra donde los pjaros wintering llenaron el cielo y mi perro melenudo saltaba alrededor por completo del voltaje del movimiento del mar: mi perro que vagaba, oliendo lejos con su cola de oro llev a cabo el colmo, cara para hacer frente con el aerosol del ocano.
Alegre, alegre, alegre, como solamente perros saber ser feliz con solamente la autonoma de su alcohol desvergonzado.
No hay bueno-byes para mi perro que ha muerto, y ahora y nunca no mentimos el uno al otro.
Tan ahora lo van y lo enterr, y se es todo all est a l.
Traducido, del espaol, por Alfred Yankauer |